ESCRITO A MANO

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“…me duele todo el cuerpo porque estaba cortando el pasto y me acordé de cuando me enseñabas a arrancar los yuyos que se comían el césped, allá, en casa. Tenés que envolverlo con la mano al ras de la tierra, me decías, y después tirar hacia arriba para que salga de raíz. Entonces, dejé la cortadora y me puse a hacerlo, a pesar de que mi mujer, pasá la máquina directamente, me apuraba desde la galería. Está bueno eso de arrancar la mala hierba de raíz, pero a veces te mata la espalda. Si lo sabrás. Cuando la quebrada de la flecha empezó a tirarme sombra, me di cuenta de que no me había incorporado ni una vez en toda la tarde. Miré el parquecito tapizado de verde intenso, parecía una mullida manta jachalera, y casi no tuve que retocarlo. Pero la satisfacción no me cura el dolor del cuerpo. Aunque, te digo, me avergüenzo de quejarme porque, hoy mismo y como todos los días de sus días, en el lote de al lado, un viejito ajero, doblado en ángulo recto ya sin remedio, embolsaba sus ajos sin decir un Ay.”

La madre se quitó los lentes, dobló la carta, la guardó en el bolsillo del delantal, se paró y secándose los ojos con el dorso de la mano, caminó despacio hasta su patio donde contempló, espléndido y sin  manchas, el primer verde de la primavera.

 

Por Susana Torosi