LA NIÑA Y SU CACHORRO GRIS

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Hoy vine de la calle triste. No importa por qué.

Me senté distraída a mirar tonterías en la PC y me detuve en algo muy serio: el video casero de una niñita jugando con un cachorro, su mamá pidiendo graciosamente «ayuda» para sus días desbordados de tareas domésticas. No es fácil con dos criaturas pequeñas y su alma caritativa que da refugio a cuanto animal se cruce en su camino.

Miraba la filmación mientras sonreía y pensaba qué simple la vida de un niño amado. Qué poco necesita para ser feliz. Con naturalidad durante el día juega y a la noche cae rendido. Incansable, va, viene, disfruta el momento, dibuja, pinta, es una esponjita que absorbe formas y colores.

Sabe que mamá es calor, es saciar las necesidades, sabiéndolo sin palabras difíciles. Mamá es consuelo y comida calentita y abrazo y colchón mullido para una siesta improvisada.

Sabe que con los hermanos humanos y animales hay que compartir: la galletita, el juego, la atención, la caricia.
Sabe de la fidelidad de un cachorro si tiene la suerte de crecer con él, con ellos.
Sabe instintivamente qué cosa trae un berrinche, para bien , para mal.
Qué simple, qué sabio, qué maestro es un niño.

Mirándola jugar, era una niña, con su cachorro gris desgreñado, tan espontáneos y felices y ajenos a las sombras del mundo, pensé qué tesoro inconmensurable es una infancia feliz, un reaseguro para la vida, un baúl de recuerdos siempre pronto para salvarnos en la adultez, un condicionamiento dulce y qué me importan las teorías psicoanalíticas que desmenuzan sentimientos.

Hoy vine de la calle triste y mirando a la niña y su cachorro sentí el sol tibio, aunque afuera estaba gris. Me borraron, la niña y su cachorro, de un plumazo la tristeza, me hice un té calentito y me dije «voy a imitarlos».
Cuántas cosas saben los niños, los cachorros, benditos sean. Maestros de la importancia del momento.
Aprender de ellos nos alegra, mejora e ilumina la dura jornada.

 

Por MARÍA ROSA INFANTE.