NO TENGAS UN PERRO

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No tengan un perro. Jamás. Pido a quien lea esto que desista de esa loca idea de tener un cuatro patas en su hogar. De corazón, creo que les complicará la vida. Se las cambiará, tanto pero tanto que después de haber vivido un tiempo con una de estas criaturas no serán los mismos. Nada será como antes. No volverá esa existencia tranquila, serena, fácil, libre de pelos rebeldes que todo lo invaden.

No tengan perros. Jamás. A la mañana se despertarán y encontrarán dos ojos sonrientes, blandos, llenos de energía por desplegar, una cola agitándose como festejo irrefrenable y un par de lamidas en la cara, en las manos, unos sorpresivos besos de buenos días haciendo caso omiso del malhumor tempranero. No los tengan porque se verán obligados a la saludable costumbre de una, dos, tres caminatas diarias, en cualquier estación, haga frío, calor, llueva, de día, de noche, porque las necesidades no saben de esperas. O sí, en algunos casos. En esas salidas obligadas se darán cuenta que el arbolito de la esquina mutó su color de rojo a amarillo, que luego perdió sus hojas y luego se llenó de brotes verdes.

No tengan perros porque más de una vez se encontrarán sonriendo como tontos, como niños, de la nada y por nada. No porque los niños sean tontos ni porque la nada sea intrascendente, ¿me explico?

No tengan perros, corren el riesgo de volverse más sensibles, más empáticos… y un poco más locos.

No tengan perros, tendrán que volverse equilibristas de tiempo, de espacio, de desórdenes espontáneos. Tendrán que entender que sus corazones (los de ellos, perros) laten casi casi supeditados a los nuestros. Viven menos, sienten más, completan el círculo de una existencia perfecta en quince años promedio. Para ellos quince años son suficientes para entender el amor perfecto. Y darlo.

No tengan perros. Conocerán la incondicionalidad de un afecto que puede soportar gritos y hasta un chirlo injusto, para no guardar rencor ni animosidad, situación que les despedazará el corazón.

No tengan perros ya que la alegría, en muchas oportunidades, no tendrá nombre. Y las lágrimas que viertan de tristeza no alcanzarán a tocar tierra… porque serán ellos quienes correrán prestos a lamerlas dulcemente, curando las heridas que se ven y las que no. Lamerán la sangre a la vista y las que más arden, la que corre dentro de la piel de las desilusiones humanas.

No se les ocurra tener perros, jamás. Si son ustedes humanos bien nacidos, ellos completarán vuestra educación de un modo primitivo, el que mejor resultado logra: con el amor. Ese desinteresado, que da en un camino de una sola vía, camino de ida y punto. Les enseñarán a no tener filtros, a ser espontáneos, a gozar de una siesta al sol, de un amontonamiento de brazos y patas cuando hace frío. Les enseñarán también a no defenderse de quienes se ama y sí hacerlo con quien el sexto sentido alerta. Los educarán en las expresiones de afecto desmesuradas, ridículas, necesarias.

No tengan perros. Porque ellos hacen que uno otorgue su justo valor a palabras como fidelidad, perdón, agradecimiento. Ellos los conminarán a aprender el idioma de los gestos, de las miradas. Les harán sentir que muchas veces las palabras sobran. Darán lecciones de honestidad y lealtad sin quererlo.

Por todo eso, por mucho más, les recomiendo que jamás tengan un perro. Porque cuando ese animal que Dios puso sobre la Tierra -para poner a prueba todo lo bueno y lo malo que hay en el hombre- cuando ese animal los haya “educado” lo suficiente, ustedes querrán esas mismas cosas de otros. De otros humanos. Y será difícil entender por qué un perro puede dárnoslas y hombres y mujeres no, con sus neuronas sofisticadas, sus corazones más grandes de tamaño y sus años de involución… perdón… evolución.

No tengan perros, son ellos quienes terminan “teniéndonos”.

Y finalmente. No tengan perros JAMÁS. Porque nunca lograrán encontrar tanta pero tanta transparencia en otro ser. Y se volverán humanos vagabundos, como tantos mestizos, claro, siempre probando creer en ciertos humanos, siempre queriendo confiar en esa raza maravillosa y destructiva a la vez. Se volverán verdaderos humanos errantes buscando desesperadamente confiar como esos perros-maestros confían en ustedes.

Doy fe que si tienen perros, así será. Les advertí, ustedes eligen.

MARÍA ROSA INFANTE