EDITORIAL

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La noticia ocupó titulares de todos los medios del Mundo sobre la media tarde del miércoles 3 de mayo: ALERTA MUNDIAL.

Desde antes que la noticia se conociera, por las redes sociales, millones de usuarios de todos los países se preguntaban qué había ocurrido, expresando a través de sus palabras una sensación cercana o adentrada en la mismísima desesperación. Todo potenciado cuando se informó el acontecimiento.

¿Qué había ocurrido? ¿Se trataba de un ataque terrorista en algún punto del Planeta? ¿De una epidemia de características desconocidas que comenzaba a diezmar la población mundial? ¿De la demencial decisión de un delirado Jefe de Estado que ponía en riesgo la paz mundial? ¿De una catástrofe natural que derivaba a una tragedia impensada? ¿O de un asteroide que ineludiblemente impactaría contra la Tierra?

Nada de eso. Se había caído WhatsApp.

Como todos sabemos, WhatsApp es una aplicación de mensajería instantánea para teléfonos inteligentes, que envía y recibe mensajes mediante Internet, complementando servicios de correo electrónico, mensajería instantánea, servicio de mensajes cortos o sistema de mensajería multimedia. Es decir, una verdadera maravilla… sin la que parece ser mucha gente ya no puede vivir…

Sería disparatado desconocer la importancia que estas herramientas tecnológicas propias de los tiempos modernos tienen para la vida de las personas en esta época. Obviamente se trata de herramientas prodigiosas, impensadas hasta no hace demasiado tiempo atrás, que han venido a facilitar las comunicaciones, y que forman parte de la cotidianeidad de todos.

No deja de ser verdad, por otro lado, que junto con todos esos beneficios, muchas veces se transforman en una verdadera barrera para la comunicación personal, esa que afortunadamente sigue siendo irreemplazable. Es una escena más que común personas sentadas alrededor de una mesa, con la vista fija en sus teléfonos, sin que el diálogo entre quienes comparten el momento se desarrolle con la fluidez y naturalidad que de por sí llevaría implícito.

Pero más allá de ambas afirmaciones, el hecho que cuando la herramienta en cuestión “se cae”  se genere una especie de desesperación colectiva, considerando además que fue apenas por un rato, debiera dar pie para que podamos al menos evaluar qué nos pasa como sociedad. Vale la reiteración: esto ocurrió en todo el Mundo, y originó  en todo el Mundo las mismas reacciones desmedidas.

Es obvio que todos sabemos que hay cosas inconmensurablemente más importantes que quedarse sin WhasApp por un par de horas…. Enumerarlas es casi obvio, ya que lamentablemente forman parte de lo que todos conocemos como tristes realidades: hambre, inseguridad, exclusiones, violencia, guerras, y demás etcéteras.

Quizás podamos empezar a pensar, a partir de este episodio, en presente y a futuro, qué somos y hacia dónde vamos… Y en pasado, recordar que cuando no existía WhatsApp y ni siquiera imaginábamos pudiera existir algo semejante, no sólo vivíamos con normalidad, sino lo felices que podíamos ser, casi sin darnos cuenta…