EDITORIAL

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Finamente, llegó la fecha señalada. Y el domingo pasado, de acuerdo a los dispuestos, fuimos a votar. Con respecto a resultados e intentos de análisis, nuestros lectores podrán remitirse a nuestra nota de tapa. Vayan en este Editorial algunos puntos a considerar, casi como conclusiones, después de esa jornada electoral que –no nos olvidemos- ha sido la previa a la contienda definitiva del próximo 22 de octubre.

En primer lugar, revalorizar un día de elecciones. Festejar la posibilidad de elegir, libremente, a aquellos que creemos más capacitados e idóneos como para representarnos desde la función pública. El voto es el acto democrático por excelencia que los ciudadanos poseemos. Hacerlo valer, y más aún, poder hacerlo valer, es nítidamente un hecho a celebrar, que a veces parece ser olvidamos en su verdadera dimensión.

También, valorar a todos aquellos que como candidatos participaron del acto eleccionario. Más allá de cómo hayan sido los resultados. Desde quienes están en la función pública y buscan refrendarla, pasando por quienes pretenden ocupar cargos de más jerarquía, siguiendo por quienes no estando en esa función pretenden acceder a ella, y terminando con muchos jóvenes que sin experiencias electorales propias decidieron jugar la partida. Es desde dentro dónde se puede accionar para cambiar algunas situaciones y mejorarlas. Por ello, no se puede hablar de ganadores y perdedores. Nadie pierde cuando se emprende un desafío, considerando que la única lucha perdida es la que se abandona.

La Democracia implica, entre otras cosas, que en una elección gana el que más votos obtiene. Si eso no coincide con quienes hemos votado, o con quienes nos gustaría hayan obtenido más votos, nos queda una única opción: convertirnos en oposición constructiva al que ganó a pesar de nuestro gusto, pero respetando a quien obtuvo la mayoría y a quienes votaron de ese modo. Si así no lo consideramos, corremos el riesgo de caer en el desequilibrio de considerar que la Democracia es útil en los momentos de votar sólo cuando los resultados coinciden con nuestra opinión. Y además de constituir un desequilibrio, eso concreta un despropósito. Afortunadamente, el “voto calificado” hace tiempo ha dejado de existir en la Argentina.