EDITORIAL

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En la noche de ayer, las imágenes de la televisión preanunciaban los que todos suponíamos. Ese cuerpo sin vida encontrado mutilado, se correspondía con el de Araceli Fulles, desaparecida el pasado 2 de abril. El cuerpo estaba en una casa que fue allanada por segunda vez y pertenece a la mamá del principal sospechoso, Darío Gastón Badaracco, quien sigue prófugo.

Los investigadores pudieron hacer la identificación gracias a «tatuajes» que son «coincidentes» con los de Araceli. Fue la única manera en que pudo ser identificada. Los informes preliminares de los forenses permiten suponer que la chica murió hace unos 25 días, es decir poco después de que la vieran por última vez.

Los femicidios son lamentablemente hechos que lejos de ser extraordinarios se han convertido en frecuentes en la Argentina. Más allá de marchas y movilizaciones, de pedidos y reclamos, de la bandera “Ni una Menos” enarbolada en toda la República, las mujeres corren peligro de manera permanente. Al acecho, personajes nefastos a los que la calificación de “bestias” les queda desarticulada, ya que los animales no son capaces de cometer ciertos actos de tanta crueldad deleznable.

Cuando todavía tenemos frescas en la memoria y en la sensibilidad el caso de Micaela, ahora nos golpea el de Araceli. Sus nombres también a partir de ahora son bandera. Nombres de jóvenes salvajemente asesinadas, que desde los carteles de las marchas por Justicia mirarán en silencio como esperando las respuestas.

Respuestas que han de llegar de todos los sectores. Desde el poder político, con acciones concretas que lejos de la retórica pongan coto a tanta criminal desmesura consumada. Desde el ámbito judicial,  donde la responsabilidad de los jueces debe estar a tono con la problemática, no tomando decisiones que dejen en libertad a individuos que detenidos por hechos de esta índole se convierten en un peligro latente, ya que hasta científicamente está comprobado al recuperarla volverán a reincidir. Desde lo policial, con investigaciones serias y profesionales: resulta poco menos que sorprendente que el domicilio donde fue encontrado el cuerpo de la joven ya hubiese sido allanado una vez sin resultados.

Y no deja de ser un dato estremecedor que en este caso haya tres policías en  la mira. Asuntos Internos de la Policía Bonaerense desplazó a tres uniformados,  uno de los cuales es hermano de dos de los hasta ahora seis detenidos. De ellos se sospecha por la falta de rigurosidad en los diversos rastrillajes y por la posible filtración de información que permitió la huida de Badaracco.

Siguen muriendo mujeres en la Argentina. Sea por violencia intramuros, sea por estos episodios que erizan la piel de la República. Ya no parece alcanzar con las marchas, aunque bienvenidas sean para despertar cierta conciencia aletargada. Algo es indudable: el límite se ha corrido de tal modo, que esta severa problemática adquiere carácter de ilimitada.

Queda flotando en el celular de la madre de Araceli, fana del Indio Solari, de Callejeros y de River, por todos descripta como “buena onda, generosa y con mucha pila”,  el último mensaje: “Ma, estoy yendo para allá, prepará unos mates», «Bueno, hija, voy a comprar unas facturas», le contestó. «Bueno, vieja, te amo». De ahí en más, un silencio atronador que enmarcó su búsqueda. La que terminó anoche de la peor de todas las maneras.

Araceli Fulles. Una menos. Ojalá sea la última. A eso debemos abocarnos, en su memoria y a la de todas aquellas que la precedieron en esta delirada locura que debe terminar. Ya.