EDITORIAL

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Este miércoles 24 de enero se cumplieron 11 meses de la más grave tragedia que nuestra región padeció: dos coches de la Empresa “Monticas” colisionaron en la Ruta 33, entre Pérez y Zavalla. A un mes del primer aniversario de ese día aciago.

El saldo trágico golpeará para siempre: 13 personas fallecidas y 34 heridos, varios de ellos de consideración.

Todo reavivó los interminables y nunca escuchados reclamos de cientos de usuarios del transporte de pasajeros: coches en mal estado, sucios, muchas veces varados en el camino, con desprolijo cumplimiento de horarios.

Ese día, en medio de la bronca y la pena, se reflotó un antecedente inmediato: justamente por estas horas se cumple un año de aquél 26 de enero de 2017, cuando un colectivo tomó fuego al ingreso de Casilda, y sólo el milagro evitó una desgracia mayor.

Luego de aquél accidente (¿accidente?) trágico de febrero, la comunidad tomó la iniciativa, tal como venía realizando a través de quejas y firmas de planillas, usuarios del transporte siempre desoídos. Ahora, empujados por el dolor y la impotencia.

Se hicieron marchas y movilizaciones, se conformaron grupos de vecinos auto convocados, se produjeron reuniones y la visita a Casilda de los fiscales que investigan la causa, que hasta ahora parece dormida.

A tres días de la tragedia, aún en feriado, el Gobierno de la Provincia cesó la concesión de la Empresa, tal como se le venía solicitando ante la realidad de un servicio deficiente y a la vez riesgoso. Demasiado tarde.

Todavía se sigue esperando justicia, y mejoras en un servicio que si bien reformado, sigue exponiendo falencias. Siguen quedando coches varados en las rutas y siguen circulando unidades con problemas. Siempre será un interrogante acerca de colectivos “ploteados”. Como así también que por fin se establezcan en las causas de lo sucedido y responsabilidades de quien o quienes las tuvieren.

Si ni siquiera la prometida oficina de reclamos, que fue ampulosamente presentada oficialmente, está en funcionamiento. Si los funcionarios del área siempre fueron renuentes a venir a Casilda: quienes estaban en funciones al momento del desgraciado hecho jamás pisaron nuestra Ciudad, y quienes se hicieron presentes fueron quienes no estaban en sus cargos al momento del desastre.

Asumimos desde el primer día el compromiso de no dejar caer este tema en el olvido. Estamos convencidos que ésta fue una tragedia anunciada, y que la desidia y la indiferencia del Gobierno Provincial ante los reclamos de los usuarios aportaron para que nada se haga con la intención de evitarla.

Dicho de otro modo: creyeron nunca sucedería, pese a las advertencias y pedidos de la gente.

Y sucedió. Trece vidas y muchas familias, se apagaron. Muchos otros, luchan por superar el trauma de semejante episodio. Toda una comunidad se conmocionó quebrada ante los hechos consumados.

Y aún más grave es que aquellos que pensaron nunca ocurrirían, ahora parecen estar seguros que no volverá a ocurrir. Quiera Dios –ese Dios al que durante meses los pasajeros pedían los protegiera, viajando con estampitas y rosarios en sus manos- que esta vez no se equivoquen.

Una vez, fue y es imperdonable. Otra, simplemente perverso.